Mostrando las entradas con la etiqueta Amigo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Amigo. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de septiembre de 2013

Noveno acto... El agradecimiento

Tres semanas después de haberla dado de alta, Rebeca continuaba su convalecencia emocional. Comía lo necesario, porque morirse no quería. Todos los días las muchachas de la oficina iban a visitarla después del trabajo, pero ella prefería recibirlas otro día.  “Cómo diablos me pasó esto”, se reprochaba.

Un miércoles, casi cuatros semanas después del incidente, salió a hacer la despensa, lo que sus compañeras le habían dejado, ya no era suficiente y tenía que sobrevivir, el físico aguantaba menos que el orgullo.

Al pasar por la plaza, notó que algo faltaba. Siguió de largo hasta el almacén y volteó al jardín. Don Rubén no estaba en la banca de siempre. Una vez terminadas las compras, dio una vuelta completa alrededor y no lo encontró. Preguntó por él y doña Engracia supo darle razón.

– Pues fíjese señorita que hace dos días que no viene y pues una que se preocupa por sus clientes, pues me informé que estaba un poco delicado de salud. Que nada grave, pero pues una se preocupa. La calaca está siempre rondando.

– ¿Podrá darme su dirección?, me gustaría pasar a visitarlo.

Al decirlo, todos los ahí presentes, clientes recurrentes que trabajaban en la plaza y sus alrededores, quedaron en silencio. Cada uno creando su propia historia acerca de esa repentina necesidad de la muchacha en visitar al viejo. Desde la hija bastarda, pasando por la prostituta y terminando en la amiga de ensueño del viejo, todas las personas supusieron a su modo la razón por la cual Rebeca iría a ver al viejo Rubén.


Camino a su casa, Rebeca pensaba en si era buena idea acudir sin una llamada previa, puesto que la chismosa informante hasta el teléfono le proporcionó, pero ella quería darle la sorpresa. A final de cuentas, desde que él apareció en la plaza, todos los rumores, las habladas… vamos, las malas historias sobre ella, y que bien informada estaba de cada una, habían desaparecido. No estaba segura, pero muy en el fondo sabía que aquel viejo de la segunda banca, el que con un muy mal disimulo la esperaba todas las mañanas y las tardes en la plaza, era quién no la había juzgado como todos los demás.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Séptimo acto.

Nunca imaginó que un hombre podría a volverle a interesar. Hasta ese día, los hombres importantes en su vida la habían hecho desdichada. Hasta esa tarde.
Mientras daba su acostumbrada caminata vespertina hasta la banca al final del parque, Carlos, un hombre maduro y de pocas palabras, tropezó con una imagen que le causó ternura y desagrado a la vez. Hasta para él fue raro eso.
La joven estaba sentada al pie de la banca, sobre los adoquines. La banca le servía de escritorio en el que había un rompecabezas, pero al contrario de los comunes, este era para desarmar. Un puñado de, lo que parecían cartas, por los pedazos de sobres que aún se alcanzaban a reconocer, estaban diseminadas por todo aquella improvisada mesa de trabajo. Cuando Carlos intentó conocer el rostro de la joven, que hasta ese momento sollozaba mirando el suelo, esta volteó de repente provocándole dar un brinco hacia atrás.
—Disculpe, esto no es asunto suyo— dijo con voz entrecortada por el llanto.
—Aún no—dijo Carlos extendiéndole la mano, más para que se incorporara, que para saludarla, —pero si me lo cuentas, eso podría cambiar.
Sin siquiera poner atención en el brazo extendido del extraño, Regina se incorporó.
Él sonrió.