Don Rubén enviudó tres años atrás y fue devastador. Sus tres hijos, Lidia, Micaela y Rubén nunca más volvieron a la casa, materna. El dolor de perder a su madre después de años de pelear contra su enfermedad que invadió a todos, de una u otra manera, obligó al viudo a mudarse a casa de Lidia y vivir recluido en su cuarto los siguientes 5 meses.
Algún día, Ángela, su nieta mayor, le pidió la llevara al parque a jugar y no tuvo más remedio que hacerlo. Era la única ilusión que en ese momento tenía. Y fue gracias a su nieta que conoció a Rebeca.
Eran casi las siete de la tarde cuando la vio aparecer en la plaza, con aquella imagen que parecía salida de cuento. Podría pasar por su hija, y por qué no, por su nieta, pero la ilusión de un hombre viudo y sobre todo, calenturiento, le hizo verla como una mujer. Sintió que volvía a sentir.
La mañana siguiente sorprendió a Edgar, su yerno, cuando le pidió lo llevara al centro comercial para comprar un par de camisas porque no quería salir con esas tan viejas que tenía, como ahora las veía. Claro, Edgar no pudo contener su sorpresa y accedió a llevarlo, no sin antes platicarlo con su esposa. Lidia sintió una inmensa alegría al recibir la noticia.
Esa misma tarde, el viejo lucía camisa nueva y se apersonó en la plaza acompañado de su nieta a la misma hora del día anterior. Cuando llegaron, sin dejar de echarle una que otra mirada a su nieta, fue con el bolero, con la de las frituras, con el policía y en poco tiempo supo la rutina de aquella mujer de la cual, hasta ese momento, desconocía todo. Y sí, casi con puntualidad inglesa, la vio aparecer por ese extremo del jardín al cual miraría, a esa misma hora, los próximos dos años por la tarde. Claro, sólo de lunes a viernes.
Mostrando las entradas con la etiqueta Amante. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Amante. Mostrar todas las entradas
martes, 13 de agosto de 2013
martes, 6 de agosto de 2013
Tercer acto... La plaza
8:32 a.m. a una calle de la plaza. Rebeca camina presurosa, porque sabe que debe de llegar a tiempo a su cita antes de entrar a trabajar. Está a sólo una calle y recuerda que no ha cambiado a sus zapatillas de tacón alto. Se detiene y a toda prisa las cambia. Entra triunfal a la plaza.
8:32 a.m. en la plaza. Don Rubén ha terminado su desayuno, se ha acicalado y limpiado las boronas de pan de su saco. Acomoda la pipa que le regaló su nieta Lucrecia hace cinco años, recuerdo de un viaje a Irlanda y la cual nunca ha usado para fumar, el libro que siempre abre en la misma página está listo y el alma en un hilo por verla de nuevo.
8:33 a.m. Como diosa, aparece doblando la esquina, despampanante, como todos los días. Rubén, siente un leve temblor en todo su cuerpo, que se intensifica a cada paso que da Rebeca hacia el lugar donde se encuentra sentado. Llega hasta la banca en donde se encuentra el viejo y se detiene frente a él.
− Hola señor, ¿cómo amaneció hoy? − preguntó con toda seriedad.
− Muy bien señorita. ¿Ya está lista para otras 8 horas de hastío?
− Siempre es bueno tener algo de qué quejarse.
− Entonces mi vida debe de ser de lo mejor, porque tengo todo por qué quejarme − dijo y estalló en una carcajada.
− No lo piense de esa manera. Verá que cada día hay algo interesante el final del día para comentar.
− Eso es lo que me gusta de usted, señorita, que siempre ve optimismo donde quizás no lo haya.
− Prefiero creer que al volver a casa, podré tener algo que recapacitar.
− Lo importante es tener alguien con quien platicarlo, ¿no lo cree?
Ella esbozó una sonrisa forzada y decidió despedirse. Él la interrumpió.
− ¿Quiere escuchar algo verdaderamente interesante?
− Quizás otro día, ahora ya llevo prisa.
− Sería bueno que algún día comenzara a leer ese libro, el autor es un genio como para pasearlo sin hojearlo siquiera.
− Lo haré, se lo prometo − respondió con un poco de vergüenza.
Rebeca se encaminó hacia el extremo opuesto de la plaza por el que había llegado, pensando en lo mucho que le lastimaban esas zapatillas. Pero no podía dejar al viejo sin esa sonrisa de oreja a oreja al verla desaparecer, admirándole el par de piernas muy bien torneadas que sabía tenía. Era una manera en la cual se sentía libre y a la vez admirada.
Ya eran las 8:42 a.m.
8:32 a.m. en la plaza. Don Rubén ha terminado su desayuno, se ha acicalado y limpiado las boronas de pan de su saco. Acomoda la pipa que le regaló su nieta Lucrecia hace cinco años, recuerdo de un viaje a Irlanda y la cual nunca ha usado para fumar, el libro que siempre abre en la misma página está listo y el alma en un hilo por verla de nuevo.
8:33 a.m. Como diosa, aparece doblando la esquina, despampanante, como todos los días. Rubén, siente un leve temblor en todo su cuerpo, que se intensifica a cada paso que da Rebeca hacia el lugar donde se encuentra sentado. Llega hasta la banca en donde se encuentra el viejo y se detiene frente a él.
− Hola señor, ¿cómo amaneció hoy? − preguntó con toda seriedad.
− Muy bien señorita. ¿Ya está lista para otras 8 horas de hastío?
− Siempre es bueno tener algo de qué quejarse.
− Entonces mi vida debe de ser de lo mejor, porque tengo todo por qué quejarme − dijo y estalló en una carcajada.
− No lo piense de esa manera. Verá que cada día hay algo interesante el final del día para comentar.
− Eso es lo que me gusta de usted, señorita, que siempre ve optimismo donde quizás no lo haya.
− Prefiero creer que al volver a casa, podré tener algo que recapacitar.
− Lo importante es tener alguien con quien platicarlo, ¿no lo cree?
Ella esbozó una sonrisa forzada y decidió despedirse. Él la interrumpió.
− ¿Quiere escuchar algo verdaderamente interesante?
− Quizás otro día, ahora ya llevo prisa.
− Sería bueno que algún día comenzara a leer ese libro, el autor es un genio como para pasearlo sin hojearlo siquiera.
− Lo haré, se lo prometo − respondió con un poco de vergüenza.
Rebeca se encaminó hacia el extremo opuesto de la plaza por el que había llegado, pensando en lo mucho que le lastimaban esas zapatillas. Pero no podía dejar al viejo sin esa sonrisa de oreja a oreja al verla desaparecer, admirándole el par de piernas muy bien torneadas que sabía tenía. Era una manera en la cual se sentía libre y a la vez admirada.
Ya eran las 8:42 a.m.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Séptimo acto.
Nunca imaginó que un hombre podría a volverle a interesar. Hasta ese día, los hombres importantes en su vida la habían hecho desdichada. Hasta esa tarde.
Mientras daba su acostumbrada caminata vespertina hasta la banca al final del parque, Carlos, un hombre maduro y de pocas palabras, tropezó con una imagen que le causó ternura y desagrado a la vez. Hasta para él fue raro eso.
La joven estaba sentada al pie de la banca, sobre los adoquines. La banca le servía de escritorio en el que había un rompecabezas, pero al contrario de los comunes, este era para desarmar. Un puñado de, lo que parecían cartas, por los pedazos de sobres que aún se alcanzaban a reconocer, estaban diseminadas por todo aquella improvisada mesa de trabajo. Cuando Carlos intentó conocer el rostro de la joven, que hasta ese momento sollozaba mirando el suelo, esta volteó de repente provocándole dar un brinco hacia atrás.
—Disculpe, esto no es asunto suyo— dijo con voz entrecortada por el llanto.
—Aún no—dijo Carlos extendiéndole la mano, más para que se incorporara, que para saludarla, —pero si me lo cuentas, eso podría cambiar.
Sin siquiera poner atención en el brazo extendido del extraño, Regina se incorporó.
Él sonrió.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Etiquetas
Relato
(35)
¿propuestas de mejorar?
(32)
Historias en corto
(29)
Esperanza
(18)
Al tiempo
(16)
La vida sigue siendo un desastre
(14)
Realidad
(14)
Lágrimas
(13)
Dolor de barriga
(9)
Vida
(9)
Dolor
(8)
Olvido
(7)
insomnio
(7)
Aventura
(6)
Mal Gobierno
(6)
Pensar
(6)
Planes
(6)
Renovación
(6)
Soledad
(5)
Extrañándote
(4)
Frases
(4)
Inolvidable
(4)
Seguridad
(4)
desesperación
(4)
Amante
(3)
Cosquilleo
(3)
Cárteles
(3)
Futuro
(3)
Imaginación
(3)
Perfección
(3)
Violencia
(3)
largas horas
(3)
Amigo
(2)
Crimen
(2)
Entrepierna
(2)
Gotas
(2)
Lujuria
(2)
Pasear
(2)
idealizar
(2)
2010
(1)
Bancos
(1)
Conciertos
(1)
Día
(1)
Noche
(1)
Rela
(1)
error
(1)